San Ignacio Brianchaninov Sobre la imposibilidad de la salvación de los hombres de otras creencias religiosas

Apologética Ortodoxa
San Ignacio Brianchaninov – Sobre la imposibilidad de la salvación de los hombres de otras creencias religiosas y de los heréticos

Es digna de un sollozo amargo la siguiente escena: los cristianos quienes no saben qué es el Cristianismo; con esa escena ahora nos encontramos casi constantemente. Nuestras miradas raramente se encuentran con alguna escena contraria, la cual sería, en verdad, consoladora para nosotros. En la multitud de aquellos que llaman a sí mismos “cristianos”, nuestros ojos raramente se pueden detener en un cristiano quien sería eso tanto por ese nombre como por su obra.

La pregunta que usted hace, en el día de hoy la hacen todos: “¿Por qué no se salvan”, escribe usted, “los paganos, los mahometanos y los así llamados heréticos? Entre ellos hay tan buenos hombres. Ajusticiarles a esos hombres tan buenos sería opuesto a la misericordia de Dios… Sí, eso sería opuesto incluso al sentido común del hombre. Pues, los heréticos también son los cristianos. Considerar a sí mismos salvados, y a los miembros de las demás creencias como perdidos – ¡eso es demencia y una soberbia extrema!”

Trataré de contestarle, si es posible, en pocas palabras, para que la claridad de la expresión no fuera dañada por mucho hablar. Cristianos, vosotros reflexionáis sobre la salvación y, al mismo tiempo, no sabéis qué es la salvación, por qué ella es necesaria a los hombres; al final, no conocéis a Cristo, Quien es el Único medio de nuestra salvación. He aquí la doctrina verdadera sobre esta cuestión, la doctrina de la Santa Iglesia Católica (Ortodoxa): la salvación consiste en regresar a la comunión con Dios. Esta comunión la perdió el género humano completo por causa de la caída en el pecado de nuestros ancestros. Todo el género humano es un género de los seres perdidos. La perdición es la herencia de todos los hombres, tanto de los virtuosos como de los malos. Nos concebimos en el delito, nacemos en el pecado. “Descenderé a la tumba enlutado por mi hijo”, dice San Patriarca Jacobo sobre sí mismo y su santo hijo José, (quien era) casto y maravilloso. Al terminar su peregrinación terrenal, descendían al infierno no sólo los pecadores, sino también y los justos del Antiguo Testamento. Tal es el poder de las buenas obras humanas. Tal es el precio de las virtudes de nuestra naturaleza caída. Para que se establezca la comunión del hombre con Dios, para la salvación – era necesaria la redención. La redención del género humano no la cumplieron ni los Ángeles ni los Arcángeles, incluso ni cualquier de los más altos, pero limitados y creados seres. La ha cumplido el Dios ilimitado mismo. Los castigos – los que eran el destino del género humano, se han reemplazado por Su castigo; la falta de los méritos de los hombres fue reemplazada por Su dignidad eterna. Todas las buenas obras de los hombres, las cuales son impotentes y descienden al infierno – son reemplazadas por una buena obra poderosa: la fe en el Señor nuestro Jesucristo. Le preguntaron al Señor los judíos: “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?”  El Señor les contestó: “Ésta es la obra de Dios, que creáis en El que Él ha enviado” (Juan 6, 28 – 29). Una sola buena obra es necesaria para nuestra salvación: la fe. Pero, la fe es la obra. Por la fe, únicamente por la fe, nosotros podemos entrar en la comunión con Dios, por medio de los Sacramentos los cuales Él nos dio. Pero, en vano y equivocadamente usted piensa y dice que serán salvados los buenos hombres entre los paganos y los mahometanos, es decir, que entrarán en la comunión con Dios. En vano usted considera como una innovación el pensamiento opuesto a eso (a la afirmación expresada por la parte del hombre quien escribió la carta a San Ignacio; n. del trad.) como una falta que se deslizó. Pero, no es así, tal es la doctrina ininterrumpida de la Iglesia verdadera, tanto la del Antiguo Testamento como la del Nuevo. La Iglesia consideraba siempre que el único intermediario de la salvación es el Redentor. Ella reconoce que incluso las más grandes virtudes de la naturaleza caída descienden al infierno. Si los justos de la Iglesia verdadera, los faros de quienes lucía el Espíritu Santo, los profetas y milagrosos quienes creían en el Redentor que viene, pero quienes vivieron y murieron antes de la llegada del Redentor y, por consiguiente, descendieron al infierno, entonces, ¿cómo usted quiere que los paganos y los mahometanos, quienes no conocieron al Redentor y no creyeron en Él, sólo porque a usted le parece que son tan buenos, adquieran la salvación, la cual se otorga por un solo, le repito, por el único medio – por la fe en el Redentor? ¡Cristianos, conozcáis a Cristo! Entendáis que vosotros no Le conocéis, que vosotros renunciabais a Él considerando que la salvación es posible sin Él, que ella es posible por algunas buenas obras. Aquel que acepta la posibilidad de la salvación sin la fe en Cristo, ése, pues, renuncia a Cristo y, quizás ni siquiera dándose cuenta de eso, cae en el pecado grave de la blasfemia.

“Concluímos, pues”, dice San Apóstol Pablo, “que el hombre se justificará por fe sin las obras de la ley” (Romanos, 3, 28). “Y eso es la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo para todos los que creen, porque no hay diferencia. Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, y se justifican por el don, por Su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos, 3, 22 – 24). Usted va a objetar: “San Apóstol Santiago exige inevitablemente buenas obras, él enseña que la fe sin obras es muerta”. Analice usted sobre qué exige San Apóstol Santiago. Usted va a notar que él, tal como todos los escritores inspirados por Dios de las Sagradas Escrituras, exige las obras de la fe, y no las buenas obras de nuestra naturaleza caída. Él exige una fe viva, confirmada por las obras del nuevo hombre, y no las de la naturaleza caída las cuales son opuestas a la fe. Él menciona lo que hizo el Patriarca Abraham, menciona aquella obra de la cual salió a luz la fe del justo: esa obra consistió en ofrecer como sacrificio a Dios a su hijo unigénito. Degollar a su hijo y ofrecerlo como sacrificio no es ninguna buena obra en absoluto, según la naturaleza humana. Ella representa una buena obra solo como (la expresión) del cumplimiento del mandamiento de Dios, como una obra de la fe. Fije usted su mirada en el Nuevo Testamento y en la Biblia completa, en general. Usted va a encontrar que él exige cumplir los mandamientos de Dios y que justamente ese cumplimiento se llama allí “obras”, que por cumplir así los mandamientos de Dios la fe en Dios llega a ser viva, como aquella que obra. Sin ella, la fe está muerta, como si estuviera destituida de todo movimiento. Al contrario de eso, usted va a encontrar que las buenas obras de la naturaleza caída – de los sentidos, de la sangre, del instinto y de los sentimientos tiernos del corazón – son inaceptables, rechazadas. Justamente esas buenas obras de los paganos y los mahometanos le gustan a usted. Usted quiere que se otorgue la salvación a ellos por tales buenas obras, aunque eso iría al mismo tiempo con el rechazo de Cristo.

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